Volver a casa en medio del ruido:
- 24 feb
- 6 Min. de lectura
Escena, un masaje con el fisio.
Hay un profesional que me ha atendido un par de veces y mi esposa me ha dado el regalo de ese masaje porque, el jueves me levanté con un dolor en la espalda que por mas que he intentado sacarlo, seguia ahí.
En ese dolor reconozco la carga que vengo soportando, el peso de los pensamientos. La frustración acumulada se siente en el cuerpo, se vuelve cansancio físico, dolor, enojo, tristeza. Y para mí estos meses han sido de mucha exigencia emocional, he venido ganando y perdiendo batallas con los pensamientos, la tristeza y la depresión.
He venido reconociendo eso en mí, pero, sobre todo, abrazando esa “sombra”, haciendo preguntas para escuchar qué quiere mostrarme.
Mi programa viejo me dice que no está bien estar triste, y que debo estar bien, me indica que debo responder, sostener, que puedo con esto y más, que sea valiente, paciente y sabio, a veces me dice que no es para tanto, porque claro, el programa me quiere sacar de esto de una forma en la que no resignifique sino que tenga la fuerza de “derrotar esa sombra”, y esta vez, la voz de la consciencia me dice que es el camino, que debo quedarme aquí, que saque a bailar la sombra, la lleve a cenar y la mire a los ojos.
Voy a cumplir 42 años y han sido pocas las veces en que realmente le he dado cabida a la tristeza. A la nostalgia, en cambio, la conozco más, son distintas, pero han caminado cerca.
La nostalgia me acompaña desde niño, como si una parte de mí recordara algo que no está aquí, como si existiera en mí un anhelo antiguo, silencioso, profundo “el anhelo de un lugar menos denso, más liviano, más hogar”.

A veces siento que, en este velo del olvido que acepté, una parte de mí se sintió amenazada, desconectada, y ese niño, mi niño, ha pasado mucho tiempo anhelando una paz que no ha vivido del todo en este mundo, y, me pregunto si ese anhelo viene de otro lugar, de otro hogar, de otro estado del ser, de otra memoria del alma.
Me reconozco como humano y también como trabajador de la luz, me reconozco como un Ser/Humano, y, ese vacío existencial que a veces aparece, no siempre siento que sea “de aquí”. Como si en otro plano todo estuviera cubierto, sostenido, completo, y el reto de esta encarnación fuera justamente este “vivir aquí, en la densidad, sin perder la vibración de la alegría, pero, no una alegría fingida, ni una sonrisa aprendida, la alegría del niño, la alegría del ser.
¿Cómo se vive en alegría en un mundo donde tantas cosas interfieren?
Tal vez ese es el reto, porque “allá” en ese hogar que el alma recuerda, la plenitud era natural, y aquí, la maestría no consiste en evitar la interferencia, sino en volver al centro una y otra vez.
Reconozco la soberbia de mi humanidad, puedo verme, incluso ahora, imaginándome sentado en una mesa con mis hermanos de luz, opinando sobre lo fácil que sería venir a la Tierra y “ganar el juego”; qué fácil sería mantener la vibración alta, respirar, meditar, observar, sonreír, sostenerse en equilibrio, de eso está lleno las redes sociales, de contenido rápido y métodos que te vuelven luz en 20 segundos de contenido.
Pero es fácil opinar desde las graderías, muy distinto es encarnar, muy distinto es sentir el peso del cuerpo, entrar al ruido, al dolor, a la historia, al linaje, al miedo, a la carencia, a la memoria.
Hoy reconozco este momento como parte de la maestría que estoy adquiriendo, no en sobreponerme, sino en reconocerme en medio de lo que está pasando.
Entiendo que las reglas del juego se hackean con la alegría, con la expansión, con la frecuencia alta, pero también con verdad, porque la percepción de vacío que vengo sintiendo necesita ser sentida y atravesada con amor y compasión.
Esas percepciones de realidad no son verdades espirituales, pero si son muy humanas, y merecen compasión de ti mismo, amor propio.
Afuera están pasando muchas cosas, sí, pero el campo es adentro, aquí adentro está el trabajo, la práctica, la puerta, soy energía y conexión con la Fuente, (Dios), y solo yo puedo cuidar esa conexión, sólo tú puedes cuidar tu propia conexión.
Se que es difícil, porque en este plano y con esta densidad, con tanta información contaminando nuestras creencias, o ratificando nuestros miedos, es difícil volver al centro y conectar con esa sabiduría interior de cada uno, lo sé, lo vivo a diario.
Se también que es difícil mantener el centro con la historia de cada uno, con un sistema nervioso activado en el estrés, con nuestras memorias. Por eso entiendo que, cada uno de nosotros está librando batallas interiores que no compartimos, que nos reservamos en nuestra mente, pero también sé que, el cuerpo las siente, las guarda en tensiones y dolores. Sostener la conexión con Dios es un acto de presencia.
Tal vez por eso elegí venir, tal vez pensé que era “fácil”, tal vez mi alma quiso probar algo que solo aquí se aprende de verdad: humildad, paciencia, sabiduría.
Hoy reconozco amorosamente que cada ser humano en este planeta está viviendo una batalla interior que nadie más puede ver del todo, cada uno carga su campo de pensamientos, emociones, culpas, silencios, duelos, nostalgias y que, aunque nos enseñaron que había que sostener la sonrisa, mostrar fuerza, “estar bien”, en el fondo, casi todos estamos buscando lo mismo “un abrazo, una pausa, una forma de sentirnos de vuelta en casa”.
Y el verdadero reto, en medio de tanto ruido, es encontrar cómo estar presentes, entiendo lo difícil que es esto, te invito a ser más paciente, amoroso, más humano con los demás, porque cada quien está recorriendo su propio camino de regreso. Pero antes de hacerlo, busca la forma de serlo contigo mismo, date el privilegio de ser prioridad y amarte con todo lo que eres luz y sombra.
Reconozco que la vida que me tocó es la vida que necesito, para aprender lo que vine a aprender, expandirme, recordar lo que vine a recordar, necesitaba esta vida, exactamente esta; a mis padres, mis hermanos, mi entorno, mi historia, mis heridas y contradicciones, mi casa de origen, mi casa actual, mi linaje, mi luz, mi sombra. Todo.
Reconozco también que, el hogar que cree refleja en parte, aquello que dejé atrás, hasta que lo miré con amor, lo acepté profundamente y lo integré. Y en el mismo acto de reconocimiento y aceptación, resignificas lo vivido e integras todo en el presente, como abono, como un activo intangible que acompaña tu vida, ¿para qué?, para sentirte amado por ti mismo y por Dios, no se trata de ganarse ese amor, sino de reconocerlo.
Hoy se me muestra con claridad algo simple, cada cosa que consumo alimenta una vibración, y no hablo solo de comida, hablo de todo lo que entra a mi campo por los sentidos, lo que miro, lo que escucho, lo que converso, lo que repito, lo que permito, el entorno que habito, el ruido que normalizo, las emociones que alimento. Todo eso configura mi percepción, toca mi frecuencia, y participa en la realidad que cocreo.
También me reconozco algo valioso, “puedo volver a mí”. Y lo hago en un instante en que buscaba concentración para escribir esta entrada, y de repente pasa la mazamorra varias veces, un carro activó la alarma y un perro no deja de ladrar, mi mente buscó parar la acción de escribir, justificándose en el entorno, pero no lo permití, porque pude volver a mí, no salí a jugar, me quede aquí para terminar lo que quería hacer, sin presión ni violencia, sin exigencia, solo volviendo.
Vuelvo porque esa es la lección de hoy, volver a estar en la energía más alta posible sin olvidar que también soy humano, y desde ahí mirar al prójimo con amor, con compasión, sabiendo que cada uno está recorriendo su propio camino de vuelta a casa.
Y me digo algo más, como un acto de reconocimiento de mi propio valor, “gracias, LEÓN por el libro”, gracias por lo que escribes, y, sobre todo, gracias por romper la barrera de la intimidad y la vulnerabilidad, porque ese niño avergonzado de su propia casa ya no está ahí… o sí, a veces. Ese niño que no aprendió a valorarse ya no está ahí… o sí, a veces, y ese niño que cree que debe cargarlo todo… a veces sigue ahí. También está el que siente escasez, el que se distrae con placeres del cuerpo, el que se pierde, el que se exige, el que busca amor, el que teme, el que recuerda, el que crea. Todo eso también soy, gracias. Reconozco mi linaje humano, y, hoy también decido reconocer y honrar mi linaje espiritual.
No estoy viendo la realidad tal cual es, estoy participando activamente en su configuración, hoy elijo configurarla desde un lugar más amoroso, más humilde, más presente, más verdadero.
Volver a casa, para mí, empieza aquí, en medio del ruido, en este cuerpo, en este día, en este instante.
¿Qué pasó con el masaje? Salí sin tensión muscular, me fuí a tomar un par de cervezas por recomendación del especialista, y dormí muy bien, el significado del dolor y de la tensión del cuerpo que tenía, llegó unos días después, es decir hoy, por eso decidí escribir esto.
LEÓN


Comentarios