EL VACÍO EXISTENCIAL:
- 4 feb
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Escena: El café de la mañana.
Estoy sentado tomando café en mi casa, la taza tibia entre las manos, la mirada descansando en Zaruco, el samán que custodia este lugar como si fuera un umbral
Él está ahí, inmenso, silencioso, con esa presencia que no exige nada y aun así lo sostiene todo, raíces que se hunden y copa que se abre, dualidad viva, luz y sombra conversando en un mismo cuerpo
En ese instante vuelvo a una pregunta antigua, escrita en mi niñez, con letras torcidas y dibujos honestos.
¿Qué quieres ser de grande?
Y recuerdo la respuesta como si estuviera guardada en una caja de madera dentro del pecho:
“una casa en medio de árboles, espacio para mí, para mis hijas, para mis perros, una esposa a mi lado, un buen trabajo, tiempo libre para sembrar, abonar y cosechar, tiempo para estar”
No era un sueño de cosas, era un sueño de hogar, un lugar seguro, relaciones sanas que pudiera cuidar, amor en expresión viva.
Regreso al aroma del café, y de repente, Zaruco con un movimiento suave de hojas que, parece una sonrisa complaciente, me dice sin palabras: ya lo has logrado, León.
Y entonces, como si el café también tuviera voz, aparece la pregunta que me desmonta, no con violencia, sino con verdad
¿Por qué sientes ese vacío existencial?

Y ahí estás tú, Vacío:
El que he querido expulsar de mi historia como si fueras el villano, que he señalado como origen de la tristeza, la depresión, de la inconformidad con el mundo.
El que he confundido con ingratitud, como si tu presencia fuera una ofensa a Dios, un pecado contra lo recibido.
Porque sí, muchas veces te sentí como enojo disfrazado; vacío como la puerta que falta en la casa; como las obras empezadas sin culminación; o los pendientes acumulados.
Vacío como las cosas que "faltan" en casa, o, en mi relación con mi esposa, o las frustraciones de mis hijas, o las mías propias. Como esa sensación de que algo no termina de estar en equilibrio que, falta "el centavo para el peso", o esa sensación de que cuando algo anda bien, otra cosa debe ir mal.
Y yo, en vez de escucharte, salía corriendo a llenarte con pendientes, nuevos objetivos y metas, con dinero, con urgencias. Con más “afuera”
Hoy, sin embargo, te escribo distinto, decido honrarte, porque empiezo a verte por lo que realmente eres: espacio disponible, no un castigo o una condena. Simplemente Espacio.
Espacio suficiente en mi existencia para crear más, pero no desde la carencia, sino desde la plenitud, para expresarme con libertad, para enseñar, para escribir, para servir. Espacio para escuchar, sentir y cocrear con Dios, para ser instrumento de paz y de amor. Espacio para ser yo, sin máscaras, sin prisa, sin tener que demostrar nada.
Y es que, quizá, lo que me duele no eres tú, sino lo que mi mente hace contigo, porque tu silencio lo volví juicio, tu apertura la volví señal de “falta”, tu amplitud la convertí en lista de cosas por resolver y frustraciones. Te volví carencia cuando eras TODO.
Pero tú, Vacío, venias a mostrarme que ya he soltado demasiada dependencia externa, y que, ahora hay lugar para mí, que, he vaciado tanto de lo ajeno que apareció la habitación secreta donde viven mis dones, donde vive la presencia de quien realmente soy.
Hoy te digo sin teatro ni drama, desde lo humano y lo sagrado a la vez que:
Lo siento por haberte malinterpretado.
Perdón por intentar llenarte con cosas que no te pertenecen.
Gracias por existir en mi vida desde niño y no rendirte, por seguir señalando la ruta cuando yo me distraía, por llevarme de regreso a casa, porque sí, hoy entiendo que, eres una dirección, una guía y un mapa.
Te amo y te acepto como parte de mi existencia, acepto que, podemos crear juntos, te honro, me honro y me integro a ti.
Tú no eras un hueco, eres una puerta
NOTA: En psicología del desarrollo, Piaget describe la vida mental como una búsqueda continua de equilibrio: cuando algo cambia, aparece una necesidad, y esa necesidad empuja a reorganizarse para recuperar estabilidad, pero también para construir un equilibrio más amplio y más móvil, más capaz de sostener la vida sin romperse con cada cambio.
Desde enfoques contemporáneos (trauma, somática, sistémica), muchas veces lo que llamamos “vacío” puede leerse como una señal del sistema: una invitación a pausar, regular, escuchar, y reorganizar la vida desde un lugar más verdadero, no solo desde el hacer o el controlar.
Ejercicio breve para el ti que leíste hasta aquí:
La silla del Vacío (5–8 minutos)
Siéntate con tu café, té, o un vaso de agua, espalda apoyada, pies en el suelo;
Pon una mano en el pecho y otra en el abdomen
Respira lento y pregúntate en voz baja:
¿Qué intentas proteger?
¿Qué parte de mí necesita espacio hoy?
Si este vacío fuera una puerta… ¿a qué me está invitando?
Escribe 7 líneas sin corregir, sin explicar, sin justificar
Cierra con una frase corta de integración:
“Hoy no me lleno, hoy me escucho”
Si en el ejercicio aparece angustia intensa, recuerdos intrusivos o desborde emocional, vuelve a lo simple: respiración lenta, contacto con el cuerpo, mirar objetos a tu alrededor, y retoma luego cuando sientas paz en el ejercicio.
Con amor,
LEÓN.
Si este escrito te habló, ayúdame a moverlo más rápido, recomienda el libro a alguien que sientas que lo necesita, un amigo, tu pareja, un familiar, un socio. Este espacio es para los que ya dieron el paso y quieren ir más profundo.
Y si quieres seguir caminando conmigo, escríbeme, y te cuento cuáles son los siguientes pasos de este lugar, lo que viene, y cómo aprovecharlo.
Esto sigue. Hay más.




Excelente, muchas gracias!