Los ciclos del alma: entre la sombra y el tiempo
- LEON DAVID ZP
- hace 5 días
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Escena: una conversación sobre los escritos:
—No has vuelto a escribir, León —dijo ella.
Y de repente, como si alguien hubiera tocado un botón antiguo, una sombra se hace presente. No llega con violencia, llega con familiaridad, con esa voz que se disfraza de "realidad" y susurra cosas como:
“¿Sí ves? Dejas todo tirado”, “aplazas”, “no eres capaz de sostener, de proveer”, “no eres valioso”.
Solo que ella no estaba diciendo eso, estaba diciendo algo mucho más humano, simple y limpio: "que le hacen falta mis escritos y los extraña", en cambio, mi sombra —ese programa viejo que todavía corre en segundo plano— escuchó otra cosa y se sintió juzgada; no por ella, sino por mi historia, el trauma, mi memoria emocional y celular que se activa sin pedir permiso.
En otra conversación alguien me preguntó, con la misma nostalgia envuelta en palabras distintas: “¿Por qué no vienes a Cali? ¿Por qué no te dejas ver? Extraño conversar contigo”.
Ambas charlas ocurrieron en el tránsito de noviembre a diciembre, y ahora ya casi terminamos enero. y con esto quiero decirte que, esa voz aparece a diario, insistente, como un disco rayado que repite: “Ingrato, saca tiempo para los demás”.
Pero la verdad es que nadie me está juzgando, cada uno simplemente expresa lo que siente. Soy yo, con mi voz interior, quien a veces le pone el significado doloroso, el filtro del pasado.
Y así nos pasa a todos: una frase que nació como cuidado puede detonar sombras profundas si no recordamos algo básico: los tiempos y los procesos de cada uno son personales.
Hay un concepto de la teoría polivagal que nombra con precisión esta experiencia: neurocepción. El cuerpo "evalúa" señales de seguridad o amenaza sin que la mente participe del todo, y desde ahí se organiza la respuesta emocional.
En otras palabras: a veces no reaccionamos a la frase, reaccionamos a la sensación de peligro que el cuerpo creyó reconocer, aunque hoy no exista tal peligro.
Por eso una pregunta aparentemente inocente como “¿sigues en el gimnasio?”, “¿cómo va la vida de casado?”, “¿por qué ya casi no te vemos por acá?”, “¿para cuándo los hijos?”, puede sentirse como una sentencia cuando toca la herida exacta. Entonces el cuerpo se defiende, la mente justifica, y el corazón se endurece.
Los ciclos del alma: Diciembre y el peso de la alegría obligada:
Para la gran mayoría diciembre es alegría, familia, fiesta, mesa grande y brindis. Para mí, durante años, fue todo menos eso.
Diciembre tenía sabor a excesos, peleas, discusiones eternas, a reuniones donde el amor estaba, pero quedaba opacado por el ruido y el conflicto. Mi sistema nervioso le dio más peso a esa carga negativa que a los momentos luminosos con mi familia, hermanos y primos —que sí existieron—, pero que no siempre ganaron la batalla dentro de mí.
Los ciclos del alma: entre la sombra y el tiempo
Por eso me alejé, elegí pequeñas dosis de familia, momentos controlables, porque después de ciertas reuniones mi cuerpo colapsaba, como si necesitara semanas para volver a un lugar seguro. Con el tiempo entendí que no era "debilidad", sino desgaste acumulado.
En la ciencia se habla de carga alostática, que en pocas palabras es: el "costo" que paga el cuerpo por mantenerse funcionando bajo estrés sostenido, el desgaste que se acumula cuando pasas demasiado tiempo adaptándote a demandas internas o externas como si fueran amenaza, aun cuando por fuera "todo parece normal".
Con el tiempo, esa adaptación continua deja huella en el sistema nervioso, el sueño, la energía, el estado de ánimo y hasta la forma en que el cuerpo responde a la enfermedad.
Y luego venía la culpa, porque en muchos sistemas familiares la ausencia se interpreta como falta, desamor, como traición a una regla invisible: "El que no está, está mal", y entonces los que están se sienten incompletos, el ausente se siente señalado, y nadie termina viviendo la reunión completamente en armonía; siempre "falta algo o alguien".
Este año decidí confrontar mi proceso. Hay una frase que lo dice con crudeza y humor: “Si crees que estás iluminado, pasa una semana con tu familia”. Así que fui, jugué con mis sobrinos, disfruté, respiré distinto, traté de vivir la experiencia desde cero, fuera del trauma, sin obligarme a repetir el guion.
Y aun así, eso dejó un desbalance. Mantener la energía en dos lugares —el nido de origen y mi hogar actual— para mí ha sido un esfuerzo descomunal. Allá están mis padres, hermanos, sobrinos, historias y relaciones que amo ; acá está mi esposa, mis hijas, la casa, las mascotas, mi tribu presente, el lugar donde mi energía sí tiene responsabilidad diaria. Sostener y compensar ambos mundos al mismo tiempo no siempre es posible, y elegir el orden duele, pero ordena.
Hay personas que van a casa de sus padres y se recargan como si volvieran a un santuario. Yo celebro que exista esa experiencia. La mía ha sido distinta, y no porque sea mejor o peor, sino porque cada cuerpo guarda su propio mapa.

Los ciclos del alma "Cronos y Kairós": el calendario y el ritmo del alma
Estaba tan ocupado nivelando energías que, aunque sí escribí, no tuve la fuerza para publicar.
No era falta de amor por lo que hago, era regulación, supervivencia y prioridad.
Vivimos regidos por el tiempo del calendario (Cronos) y a veces ignoramos los ciclos del cuerpo y del alma (Kairós). Al leer mi bitácora de vida puedo ver patrones, subidas y bajadas emocionales, mentales, incluso financieras.
Diciembre era uno de esos puntos de bajada, pero he decidido resignificarlo como un tiempo más consciente, más lento, más íntimo. Vacaciones con mis hijas, mañanas sin afán, juegos, hogar, amor en mi propia tribu. Y también visitas al hogar de origen, pero desde la libertad, no desde el mandato.
Y aquí quiero dejarte algo que para mí se volvió brújula: dale espacio a tu propio ciclo, aprende tu ritmo y sé más suave contigo y con los demás.
Antes de decirle a alguien que "siga", que "no llore", que "no pare", recuerda que hay procesos invisibles, y que a veces lo que suena a motivación cae como juicio en un corazón que está intentando sostenerse.
Cuando me visita esa voz vieja, me sirve una práctica sencilla: ponerle nombre a lo que siento.
No es para explicarlo, ni justificarlo, sólo para "reconocerlo".
Así que, a veces me digo en voz baja, como quien enciende una luz en una habitación: "esto es culpa", "esto es miedo", "esto es vergüenza", "esto es cansancio", "esto es enojo"... y al nombrarlo, algo se afloja, como si el cuerpo entendiera que ya no está solo.
En mi caso, hoy fue el tiempo de escribir y compartir.
¿Cuál es tu siguiente acción adecuada?
Con amor, LEÓN.




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